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Adviento

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La corona o guirnalda de Adviento es el primer anuncio de Navidad. Es un círculo de follaje verde, la forma simboliza la eternidad y el color la esperanza y la vida...

Dios se hace presente en la vida de cada ser humano y de cualquier manera le hace sentir su amor y deseo de salvarle.

La palabra ADVIENTO es de origen latín y quiere decir VENIDA. Es el tiempo en que los cristianos nos preparamos para la venida de Jesucristo. El tiempo de adviento abarca cuatro semanas antes de Navidad.

Actualmente hay inquietud por reavivar una costumbre muy significativa y de gran ayuda para vivir este tiempo: La corona o guirnalda de Adviento es el primer anuncio de Navidad.

La corona es un círculo de follaje verde, la forma simboliza la eternidad y el color la esperanza y la vida. Va enrollada con un listón rojo, símbolo del amor de Dios que nos envuelve y también de nuestro amor que espera con ansiedad el nacimiento del Hijo de Dios. En el centro de círculo se colocan las cuatro velas (pueden ser tres moradas y una rosa o bien todas blancas) para encenderse una cada domingo de Adviento. La luz de la vela simboliza nuestra fe.

El conjunto se sitúa cerca del altar o del ambón de la Palabra, si es en la Iglesia, o en un lugar adecuado si se utiliza en un ambiente familiar o escolar.

En Navidad se puede añadir una quinta vela blanca, hasta el final del tiempo de Navidad y si se quiere se puede situar la imagen del Niño en relación con la corona: se tiene que ver que la Navidad es más importante que la espera del Adviento.

La corona, que procede del Norte (países escandinavos, Alemania), tiene raíces simbólicas universales: la luz como salvación, el verde como vida, forma redonda como eternidad. Simbolismos que se vieron muy coherentes con el misterio de la Navidad cristiana y que pasaron fácilmente a los países del sur.

Se ha convertido rápidamente en un simpático elemento complementario de pedagogía cristiana para expresar la espera de Cristo Jesús como Luz y Vida, junto a otros ciertamente más importantes, como son las lecturas bíblicas, los textos de oración y el repertorio de cantos.

PROPONEMOS ESTE ESQUEMA SENCILLO PARA ORAR AL ENCENDER LA VELA DE ADVIENTO

Primer domingo


LLAMADA A LA VIGILANCIA
ENTRADA.

Se entona algún canto.
Saludo.
Guía: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Acto de Contrición.
Guía: Reconozcamos ante Dios que somos pecadores.
Todos: Yo confieso ante Dios todopoderoso...

LITURGIA DE LA PALABRA. Lectura del santo evangelio según san Marcos 13,33: “Estén preparados y vigilando, ya que nos saben cual será el momento”. Palabra del Señor. (Breve pausa para meditar)
Reflexión.

Guía: Vigilar significa estar atentos, salir al encuentro del Señor, que quiere entrar, este año más que el pasado, en nuestra existencia, para darle sentido total y salvarnos.

ENCENDIDO DE LA VELA. Oración.

Guía: Encendemos, Señor, esta luz, como aquel que enciende su lámpara para salir, en la noche, al encuentro del amigo que ya viene. En esta primer semana de Adviento queremos levantarnos para esperarte preparados, para recibirte con alegría. Muchas sombras nos envuelven. Muchos halagos nos adormecen.

Queremos estar despiertos y vigilantes, porque tú traes la luz más clara, la paz más profunda y la alegría más verdadera. ¡Ven, Señor Jesús!. ¡Ven, Señor Jesús!

PADRE NUESTRO
Guia: Unidos en una sola voz digamos: Padre Nuestro...

CONCLUSION

Guía: Ven, Señor, haz resplandecer tu rostro sobre nosotros.
Todos: Y seremos salvos. Amén.

SEGUNDO DOMINGO

ENTRADA.
Se entona algún canto. Guía: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Acto de Contrición.
Guía: Reconozcamos ante Dios que somos pecadores.
Todos: Yo confieso ante Dios todopoderoso...

LITURGIA DE LA PALABRA.
Lectura de la II carta de San Pedro 3,13-14: ”Nosotros esperamos según la promesa de Dios cielos nuevos y tierra nueva, un mundo en que reinará la justicia. Por eso, queridos hermanos, durante esta espera, esfuércense para que Dios los halle sin mancha ni culpa, viviendo en paz". Palabra de Dios.
Breve pausa para meditar

Reflexión
Guía: ¿Qué va a cambiar en mí, en nosotros en este Adviento? ¿ Se notará que creemos de veras en Cristo?

ENCENDIDO DE LA VELA. Oración.

Guía: Los profetas mantenían encendida la esperanza de Israel. Nosotros, como un símbolo, encendemos estas dos velas. El viejo tronco está rebrotando se estremece porque Dios se ha sembrado en nuestra carne...

Que cada uno de nosotros, Señor, te abra su vida para que brotes, para que florezcas, para que nazcas y mantengas en nuestro corazón encendida la esperanza. ¡Ven pronto, Señor! ¡Ven, Salvador!

PADRE NUESTRO.
Guía: Unidos en una sola voz digamos: Padre nuestro...

CONCLUSION.
Guía: Ven, Señor, haz resplandecer tu rostro sobre nosotros.
Todos: Y seremos salvados. Amén.

TERCER DOMINGO

ENTRADA.
Se entona algún canto. Saludo.
Guía: En el nombre del Padre y del Hijo Y del Espíritu Santo. Acto de Contrición.
Guía: Reconozcamos ante Dios que somos pecadores.
Todos: Yo confieso ante Dios todopoderoso...

LITURGIA DE LA PALABRA.
Lectura de la Primera carta a los Tesalonicenses 5,23: ”Que el propio Dios de la paz los santifique, llevándolos a la perfección. Guárdense enteramente, sin mancha, en todo su espíritu, su alma y su cuerpo, hasta la venida de Cristo Jesús, nuestro Señor”. Palabra de Dios.
Breve pausa para meditar. Reflexión.

Guía: Los hombres de hoy no verán en persona a Cristo en esta Navidad. Pero sí verán a la Iglesia, nos verán a nosotros. ¿Habrá más luz, más amor, más esperanza reflejada en nuestra vida para que puedan creer en El?

ENCENDIDO DE LA VELA. Oración.

Guía: En las tinieblas se encendió una luz, en el desierto clamó una voz. Se anuncia la buena noticia: ¡El Señor va a llegar! ¡Preparen sus caminos, porque ya se acerca! Adornen su alma como una novia se engalana el día de su boda. ¡Ya llega el mensajero!. Juan Bautista no es la luz, sino el que nos anuncia la luz.

Cuando encendemos estas tres velas cada uno de nosotros quiere ser antorcha tuya para que brilles, llama para que calientes. ¡Ven, Señor, a salvarnos, envuélvenos en tu luz, caliéntanos en tu amor!

PADRE NUESTRO.
Guía: Unidos en una sola voz digamos: Padre nuestro...

CONCLUSION.
Guía: Ven, Señor, haz resplandecer tu rostro sobre nosotros.
Todos: Y seremos salvados. Amén

CUARTO DOMINGO


Todos hacen la señal de la cruz.
Guía: "Nuestro auxilio es en el nombre del Señor"
Todos: "Que hizo el cielo y la tierra"

Liturgia de la Palabra:
Primera lectura: Rm 13,13-14 "Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas y borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vestios del Señor Jesucristo". "Palabra de Dios"
Todos: "Te alabamos Señor".

Segunda lectura: 2 Tes. 1,6-7 "Es justo a los ojos de Dios pagar con alivio a vosotros, los afligidos, y a nosotros, cuando el Señor Jesús se revele, viniendo del cielo acompañado de sus poderosos ángeles, entre las aclamaciones de sus pueblo santo y la admiración de todos los creyentes." -"Palabra de Dios"
Todos: "Te alabamos Señor".
Guía: "Ven, Señor, y no tardes.
Todos: "Perdona los pecados de tu pueblo".

SE ENCIENDEN LAS CUATRO VELAS
Guía: "Bendigamos al Señor"
Todos hacen la señal de la cruz mientras dicen: "Demos gracias a Dios".

Humildad y gloria
El Nacimiento de Jesús

Guía: Lectura del Evangelio según San Lucas (2:6-7)
"Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron
los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito,
le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento."
"Palabra de Dios"
Todos: "Te alabamos Señor".

MEDITACION

La Virgen y San José, con su fe, esperanza y caridad salen victoriosos en la prueba. No hay rechazo, ni frío, ni oscuridad ni incomodidad que les pueda separar del amor de Cristo que nace. Ellos son los benditos de Dios que le reciben. Dios no encuentra lugar mejor que aquel pesebre, porque allí estaba el amor inmaculado que lo recibe.

Nos unimos a La Virgen y San José con un sincero deseo de renunciar a todo lo que impide que Jesús nazca en nuestro corazón.

Tiempo de silencio / Tiempo de intercesión
Padre Nuestro / Ave María.

ORACIÓN FINAL

Derrama Señor, tu gracia sobre nosotros, que, por el anuncio del ángel, hemos conocido la encarnación de tu Hijo, para que lleguemos por su pasión y su cruz a la gloria de la resurrección.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Todos: "Amén"

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Un tiempo particularmente apto para el culto a la Madre del Senor

El Calendario Litúrgico Pastoral, citando la Marialis cultus, explica brevemente el sentido de la Solemnidad de la Inmaculada, que se conmemora el 8 de Diciembre: "Se celebran conjuntamente la Inmaculada Concepción de María, la preparación esperanzada a la venida del Salvador y el feliz comienzo de la Iglesia, hermosa, sin mancha ni arruga (Marialis cultus, 3)".

La Inmaculada Virgen aparece, de este modo, vinculada a la venida del Salvador y al comienzo de la Iglesia. Al inicio del año litúrgico, en este tiempo de Adviento, María, concebida sin pecado, se nos presenta como modelo de esperanza y como tipo de la Iglesia.

Juan Pablo II, en la encíclica Redemptoris Mater, destacaba el carácter mariano del Adviento, al señalar que, en la liturgia de este tiempo, se refleja cada año el "preceder" de Santa María a la venida de Cristo:

“[Ella] en la ´noche´ de la espera de adviento, comenzó a resplandecer como una verdadera ´estrella de la mañana´ (Stella matutina). En efecto, igual que esta estrella junto con la ´aurora´ precede la salida del sol, así María desde su concepción inmaculada ha precedido la venida del salvador, la salida del ´sol de justicia´ en la historia del género humano" (Redemptoris Mater, 3).



Ella ha precedido la salida del Sol de Justicia. De Ella debemos aprender, por consiguiente, a prepararnos para la Navidad y para la segunda venida del Señor, al fin de los tiempos.

Ya el Papa Pablo VI, en la citada encíclica Marialis cultus, enseñaba que los fieles, al vivir con la liturgia el espíritu de Adviento, y al considerar el "inefable amor" con que la Virgen esperó al Hijo (cf. Prefacio II de Adviento), "se sentirán animados a tomarla como modelo y a prepararse, ´vigilantes en la oración y... jubilosos en la alabanza´ (Prefacio II de Adviento) para salir al encuentro del Salvador que viene" (MC, 4).

El Adviento - sigue diciendo Pablo VI - "uniendo la espera mesiánica y la espera del glorioso retorno de Cristo al admirable recuerdo de la Madre" presenta un feliz equilibrio, al no separar el culto a la Virgen de su necesario punto de referencia, que es Cristo. De este modo, el Adviento "debe ser considerado como un tiempo particularmente apto para el culto a la Madre del Señor..." (MC, 4).


2. La Inmaculada Concepción de María

El misterio de la Inmaculada está asociado a la "plenitud de los tiempos". En el plan providencial de la Santísima Trinidad, María ocupa una posición de singular relieve. Ella aparece en la aurora de la salvación, "mientras se acercaba definitivamente la «plenitud de los tiempos»" (RM, 3), como una creación de la Trinidad.

La Virgen María, "en su ser y en su función histórica, es toda ella un producto de la iniciativa salvífica del Padre" . Para ofrecer a su Hijo "una digna morada" , el Padre la ha "bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo" (Ef 1,3) y la ha elegido "antes de la creación del mundo para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor" (Ef 1,4; cf CEC, 292).

El Espíritu Santo, Señor y Dador de Vida, la plasmó como una criatura nueva (cf LG 56), preparándola con su gracia para ser Madre de Aquel en quien "reside corporalmente toda la Plenitud de la divinidad" (Col 2,9).

En atención a los méritos de Cristo, "fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción" (DS 2803), para que en Ella, como verdadera madre del Hijo de Dios, se realizase la unión de la divinidad con la humanidad en la única persona del Salvador y para que, asociada a Jesucristo, cooperase "en forma enteramente impar" (LG 61) a su obra salvadora (CEC, 964).

La Inmaculada es el vértice de la obra redentora y santificadora de las misiones del Hijo y del Espíritu Santo: "María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es la obra maestra [il capolavoro] de la misión del Hijo y del Espíritu Santo en la plenitud de los tiempos" (CEC, 721).

Según esta relevante aserción del Catecismo, María es el icono más perfecto y más acabado de la obra salvífica y santificadora de Cristo y del Espíritu.

En la Inmaculada se realiza de la manera más perfecta el fin último de toda la economía divina: la entrada de las criaturas en la unidad de la Bienaventurada Trinidad (CEC, 260). Y, por consiguiente, en ella se cumple plenamente la finalidad de la creación: la manifestación y la comunicación de la bondad de Dios (cf CEC, 294) .

El resultado del "admirable intercambio" que celebra con gozo la Liturgia de Navidad se anticipa, en la aurora de la plenitud de los tiempos, en la Virgen Inmaculada. Ella, desde el primer instante de su concepción, "compartió la vida divina de aquel que [hoy, en su Nacimiento] se dignó compartir con el hombre la condición humana" (Colecta del día de Navidad).

Esta profunda verdad de fe se expresa plásticamente en el arte; por ejemplo, en los frescos de la Capilla Sixtina. La Capilla está dedicada a la Virgen - a la Asunción - aunque toda la temática de las pinturas de la Sixtina está relacionada con la disputa teológica sostenida entre los franciscanos - Sixto IV, que manda decorar la capilla, era franciscano - y los dominicos - los "Magistri Sacri Palatii" - sobre la Inmaculada.

El concepto de "Inmaculada" viene del Cantar de los Cantares, que habla de la Esposa Inmaculada: "Toda hermosa eres, amada mía, no hay tacha en ti" (Ct 4, 7). Sólo una figura femenina puede ser imagen para una colectividad: la comunidad es la Esposa y Yahvé el Esposo. María reasume como figura singular todo el Pueblo de Dios: Ella es la Inmaculada Concepción. Es concebida en la mente de Dios que prevé una Esposa pura. Desde el momento de la concepción, María está limpia de pecado para poder ser Madre de Dios. Duns Escoto aplicó, en este sentido, Proverbios 8, 22 a la Inmaculada: "Yahvé me creó, primicia de su camino, antes que sus obras más antiguas".

Francesco della Rovere quiso introducir la fiesta de la Inmaculada Concepción, pero no pudo hacerlo por la oposición de los dominicos. Introdujo, no obstante, la fiesta de la Concepción el 8 de Diciembre. Francesco della Rovere – Papa Sixto IV -, que escribió en 1458 un sermón sobre la Inmaculada, pensaba que María debía ser inmaculada, porque si no Eva tendría una ventaja sobre ella, pues fue creada sin pecado. Y, de hecho, la escena de la creación de Eva está en el centro de la bóveda de la Sixtina.

La Inmaculada Concepción se refiere a la concepción de María en el seno de Ana. Originariamente ha significado la concepción de María como modelo de la Iglesia, la Esposa pura en la mente de Dios del Cantar de los Cantares.

La Inmaculada Concepción significa que lo que es la creatura no es cambiado por la misma creatura; que no se opone a lo que es de Dios, a lo que viene de Dios (esta oposición a lo que viene de Dios es el aspecto negativo de la contracepción).

En la Inmaculada el proyecto de Dios no es obstaculizado. Esta concepción tiene un nivel biológico y espiritual. Para los dominicos nadie estaba exento del pecado original que, según una escuela, se transmitía por generación. Duns Escoto piensa más en el individuo que en la esencia genérica. Hay un individuo que es, desde la concepción, lo que Dios quiere, sin poner ningún obstáculo a su proyecto: éste ser individual es la Inmaculada Concepción.


3. La preparación esperanzada a la venida del Salvador

En María, la Virgen Inmaculada, se realiza el Misterio de la Navidad, de la Encarnación del Verbo. Por eso, mientras nos disponemos celebrar su venida, debemos aprender de ella a prepararla con esperanza.

La liturgia del Adviento subraya una serie de rasgos de esta "preparación esperanzada". Fijándonos en las oraciones propias de cada día, podríamos destacar - entre otros - los siguientes: el deseo, la alerta o la vigilancia, el ánimo, la alegría, la fe, la humildad de corazón y la actitud de súplica.

a) La primera actitud que caracteriza la preparación esperanzada para la venida del Salvador es el deseo: "Dios todopoderoso, aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene", reza la oración del primer domingo de Adviento.

El deseo es un "movimiento enérgico de la voluntad hacia el conocimiento, posesión o disfrute de una cosa" (según el Diccionario de la Real Academia Española). Avivar el deseo de salir al encuentro de Cristo supone anhelar vivamente (viernes III) la venida del Señor; aspirar con vehemencia a conocerlo, y a encontrarnos con Él: "colma en tus siervos los deseos de llegar a conocer en plenitud el misterio admirable de la encarnación de tu Hijo".

San Agustín, en un texto que recoge el Oficio de Lecturas del viernes de la III semana de Adviento, relaciona el deseo y la oración. El deseo, nos dice, es una oración interior y continua:

"Tu deseo es tu oración: si el deseo es continuo, continua es también tu oración." Es una oración interior y continua... "Si no quieres dejar de orar, no interrumpas el deseo". "La frialdad en el amor es el silencio del corazón; el fervor del amor es el clamor del corazón".

b) Junto al deseo, la Liturgia de este tiempo nos exhorta a mantener una actitud de alerta, de vela, de vigilante espera: concédenos, Señor, "permanecer alerta a la venida de tu Hijo, para que cuando llegue y llame a la puerta nos encuentre velando en oración y cantando su alabanza" (Lunes I). El Adviento es tiempo de preparación para la venida del Señor "en la humildad de nuestra carne", pero, igualmente, es tiempo de vigilancia para aguardar su segunda venida "en la majestad de su gloria" (cf Prefacio I de Adviento).

c) El ánimo debe caracterizar la salida al encuentro de Cristo: "cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo" (domingo II). El ánimo es el valor, el esfuerzo y la energía, que se contrapone al acobardamiento. El que tiene ánimo no desfallece en la espera: "no permitas que desfallezcamos en nuestra debilidad los que esperamos..." (miércoles II).

d) La alegría es, igualmente, característica del Adviento. Hemos de "esperar con alegría" (martes II), siguiendo el consejo-mandato de San Pablo a los Filipenses: "Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. Que vuestra comprensión sea patente a todos los hombres. El Señor está cerca" (Flp, 4, 4-5).

El motivo de la alegría es la venida del Salvador ("Haznos encontrar la alegría en la venida" - cf Jueves III - ). Así como nos alegramos con el nacimiento de Jesús, pedimos a Dios que podamos alegrarnos con su segunda venida (21 Diciembre).

e) Esta alegría brota de la fe, porque se apoya en la fidelidad de Dios a su palabra. El Pueblo de Dios "espera con fe" el Nacimiento del Mesías (domingo III) y se prepara a "proclamar con fe íntegra" y a celebrar "con piedad sincera" el misterio de la Navidad ("proclamemos con fe íntegra y celebremos con piedad sincera", 19 Diciembre).

f) La actitud de fe exige como condición la humildad de corazón, a ejemplo de María (20 dic).

g) La súplica. El tiempo de Adviento es tiempo de súplica, de petición. Al sabernos pobres y necesitados, imploramos a Dios que "acoja favorablemente nuestras súplicas..." (martes I). Suplicamos para que Dios Padre "prepare nuestros corazones con la fuerza de su Espíritu" (miércoles I); para que los despierte y los mueva "a preparar los caminos de su Hijo" (jueves II); para que nos "socorra con su fuerza" (jueves I) de modo "que su brazo liberador nos salve de los peligros" (viernes I).

Es preciso rogar a Dios que nos conceda la libertad verdadera (sábado I); la renovación de nuestra alma, para que la venida de Cristo "ahuyente las tinieblas del pecado y nos manifieste como hijos de la luz" (sábado II). Sólo Dios puede "iluminar las tinieblas de nuestro espíritu" (lunes III) y "limpiarnos de las huellas de nuestra antigua vida de pecado" (martes III), y así "reconfortarnos en esta vida y obtenernos la recompensa eterna" (miércoles III).

Pedimos a Dios que el "admirable intercambio" de la Navidad sea una realidad en nosotros: "que lleguemos a la gloria de la resurrección" (domingo IV); "que se digne hacernos partícipe de su condición divina" (17 D); que nos conceda "ser liberados" (18 D) y "participar de los bienes de la redención" (22 D); que "nos haga partícipes de la abundancia de su misericordia"( 23 D); que "consuele y fortalezca a los que esperan todo de su amor" (24 D).


4. El feliz comienzo de la Iglesia

La Virgen Inmaculada, modelo de la espera del Salvador, es el "feliz exordio de la Iglesia". Ella es, verdaderamente, la Esposa Santa e Inmaculada, la imagen y primicia de la Iglesia - Esposa del Cordero - que responde con el don del amor al don del esposo (Mulieris Dignitatem, 27).

María es el comienzo de la Iglesia, porque en Ella se realiza el "misterio" de la Iglesia: la unión de los hombres con Dios. La Virgen Inmaculada "nos precede a todos en la santidad que es el Misterio de la Iglesia como la «Esposa sin tacha ni arruga» (Ef 5, 27)".

Por eso, "la dimensión mariana de la Iglesia - afirma el Catecismo de la Iglesia Católica en la estela Juan Pablo II y, últimamente, de von Balthasar - precede a su dimensión petrina" (Cf CEC, 773). Es decir, el ministerio apostólico - de Pedro y de los otros apóstoles - , la estructura de la Iglesia, se orienta y se finaliza en la formación de la Iglesia "en aquel ideal de santidad, que ya está presente y prefigurado en María" (cf MD, 27). En Ella, en María, la Iglesia es ya la toda santa (cf CEC, 829).

La Iglesia mira a María para contemplar en Ella lo que la Iglesia es en su Misterio, en su peregrinación de la fe, y lo que será en la patria definitiva al término de su camino, donde la aguarda, en la gloria de la Santísima e indivisible Trinidad, en la comunión de todos los santos, aquella a quien la Iglesia venera como Madre de su Señor y como su propia Madre (cf CEC, 972).

A Ella, a la Santa Madre del Redentor, a la Virgen Inmaculada, dirigimos, con toda la Iglesia, nuestros ojos en esta espera gozosa del Adviento:

"Alma, Redemptóris Mater, quae pérvia caeli
porta manes, et stella maris, succúrre cadénti,
súrgere qui curat, pópulo: tu quae genuísti,
natúra miránte, tuum sanctum Genitórem,
Virgo prius ac postérius, Gabriélis ab ore
sumens illud Ave, peccatórum miserére."

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Dios te espera en este Adviento

 

 

¿Dónde?

·        En la puerta de cualquier confesionario, en cualquier Parroquia

·        En la persona de cualquier Sacerdote

·        En el único tribunal, donde la sentencia es siempre absolutoria.

 

¿Para qué?

·        Para perdonarte todos tus pecados

·        Para ayudarte a que no vuelvas a cometerlos

·        Para devolverte la paz y la tranquilidad

·        Para que comiences una nueva vida, sin cuentas pendientes

 

¿Cómo?

·        Sin ningún rencon

·        Con los brazos abiertos

·        Como al hijo que habí ido y que ahora vuelve al hogar paterno

·        Con un nuevo plan para ti, mejor que el que echastes a perder

 

¡CONVIERTANSE!  (CONVERTIRSE ES ARREPENTIRSE DE LOS PECADOS Y

QUERER CAMBIAR DE VIDA)   ¡Y CREAN EN EL EVANGELIO!